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Capítulo 4

La transformación de Urganda

¿Veis esa casa señorial cuya puerta guardan dos lacayos con ricas libreas y caras de vinagre? Dentro de un momento cruzaré gentilmente la calle, diré mi nombre como quien pronuncia un conjuro y los lacayos se apartarán para dejarme paso, y hasta es posible que se inclinen ante mí como si yo fuese una marquesa. Dentro me espera acaso un gran señor enamorado, doliente de melancolía, o quizá enfermo de fiebres tercianas, o que quiere conocer su futuro, y que requiere de mis ocultas artes mágicas. Me ha mandado llamar en secreto, porque los teólogos acechan y están por todas partes, y yo, perspicaz y solícita, en secreto he llegado hasta aquí. ¿Veis aquel cuervo posado allá en la punta de la veleta? Se llama Lope, nombre que le he puesto por mi mucho amor al teatro, y no es tal cuervo sino mi tía abuela Claudina, la que me inició en la ciencia antigua, la que fue discípula aventajada de nuestro padre Lucifer y a quien él, nuestro señor, trasmutó en cuervo para que velara por mí y con sus consejos y avisos me ayudase a protegerme de las asechanzas de este mundo. Mirad, aquí en el bies llevo bordado un sapo vestido con un traje de terciopelo hecho a medida. Y en esta bolsa de piel de gato negro guardo un puñado de tierra cogido en una encrucijada una noche menguante de luna. Y ahora miradme a mí: me llamo Urganda, tengo veinte años, soy hermosa, mis cabellos son rubios y mis carnes son blancas y frescas, y los hombres me requiebran al paso, pero yo sólo sirvo a quien me sirve, a clérigos y a monjas, a jueces y alguaciles, a doncellas atribuladas, a nobles y a villanos, y a todos cuantos en el mundo sufren males y melancolías y tienen con qué  sufragar mis esotéricos servicios. Yo sano con el aliento, con la saliva, con las manos, seco las fuentes, vislumbro lo incógnito, sé de untos, de brebajes, de encantamientos y de maleficios, sé hacer grave daño a quien mal me quiere y gran bien a quien bien lo merece. En noches gobernadas por el gran cabrío, he sabido volar a la luz de la luna por sobre las calles y plazas de Madrid, y algún día, cuando sea vieja y sabia, quizá me atreva a resucitar a los hombres, que es el más grande don que corona a nuestra antigua ciencia.

¿Quién me aguardará dentro de ese palacio y que querrá de mí? ¿No oís? Acaba de graznar Lope (hasta eso lo hace con gracia, que hasta parece que riman los graznidos), y eso quiere decir que es la hora de cruzar esa puerta tan fuertemente custodiada. Confiado en mi señor Lucifer, y en la ayuda de Lope, ved con qué gracia me recojo la falda y con qué buen porte y movimiento cruzo la calle y me dirijo hacia mi destino en este día del 22 de abril de 1616.

Autor: Luis Landero

Los lacayos me husmean

¿Los lacayos me husmean con el desprecio de quien disfruta de sopa caliente. Mi mirada pendenciera no consigue arredrarles. Vengo a reparar algún alma descosida, a acallar llantos a destiempo de plañideras o a poner algún corazón a buen tiento. No puedo alentar mi ánimo curioso intuyendo lo que no me cuentan.

—Es menester que me dejéis entrar.

—Y ¿quién sois?

—Decid que ha llegado Urganda y bastará. Sed cauto y anunciadme con un susurro en el oído de don Mencío.

—Si conocéis su nombre, habéis sido procurada, mujer.

Urganda se aparta y a Lope se lo traga la umbría. El lacayo se ausenta y vuelve, el otro vigila.

—Entrad, que es cierto que os aguardan.

La guían recelosos hasta una alcoba rica. El único varón yace en el lecho.

—Hechicera —dice un hilo de voz humana mientras el ama le tiende una bolsa pesada, que aprisiona.

—Presta estoy a escuchar.

—No amo sin desespero.

—Decidme más, os lo ruego.

—El amor cáusame estragos, mi cabello cae, el tino pierdo.

—Y ¿podéis dejar de amar?

—No puedo.

—¿Quién es ella?

—Ella es una mujer extraña que vi una vez junto al arroyo. Era joven y lozana. Su cabello oro era.

Urganda se asegura de que la toca la cubre bien.

—Y ¿la visteis de cerca para percibir su aroma?

—Su aroma vino a mí como un encuentro de almas y el aire se volvió azul.

La bruja sospecha que se ha producido lo que le era esquivo hasta ese momento.

—Ayudaros no puedo. ¿Acaso no podéis ver?

—No, desde que la vislumbré a ella.

—¿Recordáis su aroma?

—Era un sueño.

—Y ¿cómo amáis una imagen que os emborrona el tiempo?

—Porque por ella, de mi corazón dejé de ser dueño.

—Permitidme.

Don Mencío se aparta las vestimentas. Urganda llega con su mano hasta el lugar que debería latir cuando hay vida.

—No tiembla vuestro pecho.

—No temo a los hombres, pero he de ser cauta y velar por mi juventud o volverían a mí todos los años que tengo.

—No hay cura para esto. Debo irme.

Urganda deja la estancia y a sus moradores.  No puede ser, la tía abuela Claudina la había prevenido.

—Niña, el amor nos está vetado. Si le prestaras cuidado, todo estaría perdido.

Pero aquel hombre doliente entre sábanas de lino le había parecido hermoso. Su cabello bermejo era como el fuego, su adorado compañero.

Autora: Esther Arencibia Urién

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