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Capítulo 3

Pelos en la sopa, o lo que no mata, engorda

Las aguas del Tormes bajan turbias. Tan turbias que no dan  lugar a que el cielo, entoldado de nubes, se refleje en ellas como le gustaría a Lázaro que lo hiciese. Es lunes de Pascua. El Padre Lucas, más conocido como el Padre Putas, se dispone a cruzar el río en una barca a bordo de la que ha de ir devolviendo a la ciudad las mujeres que la piedad del monarca ha obligado a desplazarse fuera de ella durante los días de Cuaresma. Son todas putas. El rey Felipe, preocupado al comprobar el gran número de ellas, durante los felices días transcurridos a raíz de sus esponsales con María de Portugal, consideró que así debería suceder, todos los años, a partir de entonces. Y así sucede. Llega la Cuaresma y todas son llevadas a la margen izquierda. Las lleva y las trae el Padre Lucas.

Lázaro lleva años, pocos, acudiendo a esta cita anual a la que concurren no pocos de los ocho mil estudiantes que cursan en la universidad; es decir, lleva casi todos los que se le fueron sumando, hasta hacerle alcanzar la edad que ahora tiene, catorce o quince, desde que fue abandonado por su madre. Espera conocerla algún día a fuerza de preguntar por ella a cada una de las mujeres que van saltando desde la barca a la orilla cogidas de la mano poderosa del Padre Lucas.

Según van desembarcando las escruta, una a una con ojos alegres y nada rencorosos aguzando la mirada. La tiene casi oculta, apenas dos rendijas a ambos lados de su nariz aguileña y corva. Mientras observa a las breves navegantes, un rayo de sol se escurre por entre las nubes y se posa en la escudilla que contiene el caldo blanco, más limpio que blanco, que de vez en cuando sorbe dejándolo escurrir entre unos dientes que evidencian las carencias de su alimentación. La escudilla es metálica de modo que, entre el metal del fondo y la limpidez del caldo, la superficie de este le permite, por un momento, contemplarse en ella como si fuese un espejo. Se ve delgado, alborotado el pelo de color castaño, la frente desembarazada y lisa, alegre la mirada y los labios medianamente concupiscentes y carnosos. A Lázaro le gusta la orilla del Tormes. La última vez que estuvo en ella fue en la no muy feliz ocasión de una torada con la que unos teólogos celebraron el hecho de haberse doctorado en Sagrada Teología uno de sus condiscípulos. En un momento dado oyó decir:

—¡Aquí, o jodemos todos o la puta al río!

Después vio cómo la puta era echada al agua entre gritos y jolgorios y cómo desapareció entre las aguas que se la llevaron río abajo. Está convencido de que aquella mujer podía ser su madre, pero también de que podría no serlo; por eso está aquí, mirando hacia la superficie del río y, de vez en cuando, hacia la de su sopa, sobre la que acaba de descubrir uno de sus pelos. Lo piensa y acaba por sorberlo con idéntica pasión como la que pusiera un japonés en el empeño.

—Lo que no mata, engorda —se dice, y vuelve a contemplar el río. Cuando baja de nuevo la mirada la superficie de la sopa ya no especula con su imagen. El breve rayo de luz ha desaparecido. Entonces mira al cielo. Está gris y aborregado como panza de burro.

Autor: Alfredo Conde

Como panza de burro- se repitió y enfiló hacia la catedral donde en la posada del tío Pedro solía dormir al calor de las bestias de las cuadras. Por eso olía siempre a caballo, a su sudor avinagrado y fuerte y razón por la que había perdido muchos cuartos porque, cuando mendigaba, las viejas que subían hacia la catedral miraban hacia otro lado, como dándose aires de hacer ascos que parecía manía de Corte. Enfiló deprisa porque al beber de la escudilla había tenido una visión. Al socaire de la sopa clara, cuando se le representó el rostro y se vio cómo era, al mismo tiempo había otro Lázaro, más orondo, incluso más flojo de carnes, lo que era buena señal, con ojos que parecían de persona flamenca, de Malinas o de Gante, chulos pero elegantes y, sobre todo, de posibles, siempre con los cuartos colgando de la bolsa. Otro Lázaro que le miraba desde detrás, desde el futuro, desde lejos del Tormes y que a Lázaro se le antojó estaba mirándole desde la capital.

No tardó en decidirse un instante. Se iría a Madrid y, al modo de los pájaros cuando caminaban por el suelo, daba trompicones de largo alcance hasta que llegó a la posada, donde el tío Pedro le guardaba las pocas pertenencias que tenía, las mismas con las que se presentó a la posada dos años antes, cuando estuvo a punto de ser atravesado como pollo por un caballero que se tocaba con un sombrero verde y que , borracho, le había perseguido por toda la Plaza Mayor con el estoque desenvainado. El tío Pedro se encaró con el majadero del sombrero que, sorprendentemente, envainó a la mínima insinuación, poniendo pies en polvorosa por la arcada que llevaba a extramuros, hacia el Tormes.

En la posada, que a esas horas semejaba dorada porque el sol cegaba la entrada, la única concesión se diría divina a la mugre siempre reinante, le esperaba Gumersinda, la hija del posadero, una moza de doce o trece años, que fregaba los baldosines rotos del suelo y ponía las jarras de vino en orden a la espera de que se llenase de estudiantes. Expectante, Gumersinda veía en Lázaro, con sus dientes cariados y su condición por siempre flaca, la vívida imagen del niño Palmerín, cuyas aventuras la tía Amparo solía leerle todas las noches, a la luz del candil medio escondido para que el tío Pedro no notase la luz y la acusase de gastona.

Autor: Agesilaus Santander

Lázaro era hombre de prontos. Sabía, por ello, que no debería permitirse el lujo de detenerse a pensar la decisión que había tomado, y que el platillo le había enseñado en imagen, una visión bella donde Lázaro se veía más entrado en carnes, menos renegrido, incluso rubicundo, como hombre de ciertos posibles y que había medrado. Y eso sólo podía hacerse en la Corte donde las cosas se movían, no paraban nunca, al modo del reloj de arena que había contemplado una vez en el dormitorio del tío Pedro, donde entró por mera curiosidad.

Sabía, por ello mismo, que tenía que ir a las caballerizas, recoger el hatillo y largarse a paso rápido, como los pájaros de pata pronta, que corrían como si se deslizaran cuando el Tormes estaba helado,algo frecuente en los últimos años, y no despedirse del tío Pedro, de la tía Amparo, que haciendo honor a su nombre le había cubierto de mimos, y sobre todo de la niña, sobre todo de Gumersinda, que aflojaba el semblante duro cada vez que le veía y abría, milagro, los ojos, cejijunta ella, haciendo que su rostro se hiciera amable, luminoso, menos adusto, de tal manera que parecía que tenía las cejas separadas, como una noble.

Escupió en el hocico al perro que dormitaba en la puerta de la caballeriza mientras se hacía cábalas sobre donde iba a pasar la noche. Poco importaba, la verdad, porque nunca faltaría suelo siempre que no lloviese o nevase, que no parecía el caso en el día de hoy, porque Lázaro temía más a los hombres que a la naturaleza y prefería dormir al llano que mendigar algún techo por favores que solían ser turbios, nefandos muchas veces, aunque en esto siempre imperaba siempre la ley del silencio.

Le llevó poco tiempo hacer el petate. El sol entraba por la puerta del zaguán, por lo que a Lázaro le costó trabajo distinguir la silueta, menuda, que se le acercaba. No tardó mucho en saber que era Gumersinda. La manera de llevarse la mano a la cara la delató. Lázaro, quizá por primera vez en su vida, se avergonzó de no haber querido despedirse de ella, pero reconoció que le dolía tanto que prefería le tomaran por prófugo y desagradecido. Gumersinda llevaba un hatillo donde se dejaba ver un queso y un trozo de pan. Lloraba muda mientras le tendía el paquete y murmuró:

-Te esperaré el tiempo que haga falta. Se que volverás algún día por mí- decía como en trance, lo que dio  Lázaro a suponer que Gumersinda estaba recitando algún trozo del Palmerín.

 

Autor: Patricio del Dongo

Lázaro avanzaba sin norte por el tortuoso laberinto de callejas y travesías que formaban el corazón de la vieja ciudad. Sobre el resbaladizo empedrado caían difusas manchas de luz. En una de ellas se detuvo un gato negro. Al presentir la llegada del pícaro, el animal se escurrió hacia la esquina de la calle, desde donde giró la cabeza para mirar con sus ojos verdes al andrajoso transeúnte que, a falta de mejor compañía, decidió seguir aquella sombra negra en medio de la oscuridad.

Cada vez que Lázaro se acercaba, el gato parecía emprender la huida, pero, al poco, paraba y volvía la vista a aquel humano aparentemente dispuesto a participar en su juego. Era tanta la penumbra, y tan pocas las candelas y ventanas encendidas que, en ocasiones, solo el verde de los ojos del gato permitía a Lázaro saber dónde se encontraba el animal. Así callejearon no se sabe cuánto tiempo hasta que, de repente, el gato se deslizó dentro de una grieta abierta al pie de un muro ruinoso, malamente iluminado por un farolillo colocado a la altura de un letrero en el que se acertaba a leer: Venta del Tuerto.

Ese diablillo de ojos verdes había conducido a Lázaro a su destino. El pícaro abrió la puerta del tugurio y enseguida sintió en su cara la bofetada de una ola de calor, aire viciado y tufo a vino peleón. Nuestro héroe recorrió la espeluznante escena con una ágil ojeada: en unas mesas algunos parroquianos dormían la resaca de un día entero de embriaguez; en unos escaños de madera hablaban confidencialmente unos hombres en actitud que al pícaro le pareció poco menos que clandestina; al fondo, en un rincón, tres jóvenes cortejaban a la camarera con maneras impropias del amor cortés; en otras mesas unos jugaban a los naipes y otros al ajedrez.

Lázaro se acercó a los jugadores. Era diestro en toda clase de juegos y entretenimientos, porque muchas veces en el pasado le habían servido para ganar unas monedas, un trago de vino, un mendrugo de pan ácimo e incluso la comida del día. Para alegría de Lázaro en la Venta del Tuerto se jugaba y se apostaba. Había encontrado una oportunidad para soñar con llevarse algo a la boca aquella noche de humedad, laberintos y escurridizos diablos de ojos verdes.

Autor: Hay un tiempo para todo

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