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Capítulo 2

Sobre un perro que cuida ovejas pero también es confidente

¿Pero quién decide, él o yo?

Esta pudo ser la pregunta que Cardenio había ido sintiendo durante las últimas semanas en algún lugar de sus orejas y que nunca, ni siquiera ahora, convertía en palabras.

Lo peor es que su viejo padre había muerto y Crisóstomo, aquel compañero de juegos, tan bachiller, ya estaba en Salamanca. Y que la dirección y el sentido de la pregunta tenían un mismo origen: su perro. No contaba con alguien, en la vecindad del valle o en la sierra del Alto Rey, a quien acudir. ¿Era posible que a su edad, a punto de ser un hombre de veinticinco años, pudiera tener una duda así? Con las muchachas nunca hubo vacilaciones: su salud, su resistencia en el trabajo, la tensión de su blusa y los pantalones, bien servían como señales de musculoso vigor; y fue su padre quien le enseñó a entregar todo eso a ellas, pero también a contenerse.

Estaba en una situación casi cómica —cosa que jamás se confesaría—; o en algo que su amigo el bachiller pudiera haber clasificado como los encuentros y separaciones, los ajustes o dislates entre razonar y hacer: dicho de otro modo: como tener que decidir una simpleza: la separación de los montones de hierba recortada o la apertura de una ruta entre piedras grandes, allá por cerro Colorado, en la quiebra que dos altas montañas hacían, etcétera.

Porque, desde luego sin palabras, su perro antes siempre había estado de acuerdo. Tan fuerte como su dueño, con una pelambre de color pez rubia, ladrido de gran alcance y rapidez inesperada para aquel cuerpazo, Berganza está en la plenitud: un lustro de compañía alerta, de obediencia y certeza ante las órdenes del amo, tal como el padre de Cardenio le prometió que ocurriría si procedía con rigidez y cariño para domesticarlo cuando aquel era un cachorro agresivo y huraño.

Desde niño, Cardenio estuvo familiarizado con la jauría de su padre y sus abuelos y también fue teniendo cachorros que se convertían en perros vigilantes. Pero Berganza había sido exclusivamente suyo; tanto que de algún modo casi  lo trataba como si no fuese un animal.

Sabe, sin embargo, que desde hace unas semanas este ha cambiado. ¿O quien se comporta diferente es el propio Cardenio? El misterio está en que, desde siempre, Cardenio piensa o le dice al perro hasta sus cosas más secretas. Le ocurre sobre todo durante las más frías madrugadas de la ribera, frente al perfil de las altas hayas, cuando el silencio es total, cuando sabe que el rebaño puede estar en peligro o cuando alguna oveja se ha quedado en los montes. Entonces, junto al pequeño fuego, murmura, se adormece, escucha su propia voz musitar alguna ocurrencia para encontrar a la extraviada, vencer los peligros; o, en situaciones distintas, creer que sabe tañer el rabel en las fiestas próximas.

El acuerdo entre ambos, para Cardenio, está en la posición que toma Berganza al echarse, después de escuchar o presentir la decisión correspondiente asumida por su amo. Por ejemplo, cuando dudaba si era mejor vender la lana a maese Pedro, el de la finca de techos grises, ubicada al bajar la montaña; o llevarla al mercado de la población. No había diferencia en ambos precios, pero el prestigio del vendedor cambiaba de acuerdo con la operación. Sobre todo para los demás pastores. En ese caso, Berganza dirigió el hocico hacia el mercado y aunque anduvo merodeando, volvió a la misma posición. Cardenio entendió.

O como cuando la viuda, a pesar de lo reciente de la muerte del marido, supo indicarle con miradas y gestos, que lo esperaría al avanzar la menguante. Sin luna todo sería más discreto, en un lugar tan corto como aquel. Al consultarlo, Berganza aprobó y se mantuvo mucho rato mirando hacia la casita de la viuda, después del silencioso diálogo entre los dos. Aún Cardenio le agradece ese triunfo.

Pero en las últimas semanas el perro no responde a sus consultas. Creyó que habría enfermado o que tendría alguna dificultad para escuchar. Le hizo juegos y pruebas; y en la vigilancia a las ovejas estuvo mejor que nunca. Hasta de su combate con una bestia feroz salió indemne y sus apariciones en puntos distantes y riesgosos del Henares, habían alejado a los enemigos.

Tampoco está el bachiller de Salamanca, fénix en la amistad,  para tratar este nuevo asunto delicado. Pero Cardenio reconoce que Berganza ha dejado de creerle o que se niega a responder, como si el animal fuese superior a los problemas que su amo considera.

Lo inaplazable es que Cardenio afronta desde esta semana una situación embarazosa, difícil y peligrosa. Nadie lo ayudaría como Berganza a resolver ese asunto conflictivo. Quizá comenzó a mostrárselo en sueños; después, ya más seguro de que necesitaba un ayudante, con susurros en las madrugadas. Y finalmente con conversaciones directas, a la luz nítida de los días. Bastaría con que Berganza le haga indicaciones con las patas o las orejas, con la posición de la cabeza —hacia las alturas, hacia el arroyo, la casa indicada o la población envuelta en nieblas— para que Cardenio sepa qué hacer.

Autor: José Balza

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