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Capítulo 1 –  Introductorio Troncal

De cómo nuestros protagonistas, Don Bernal, Lázaro, Cardenio y Urganda,
salen, cada uno por su cuenta, en busca de aventuras

La del alba sería, cuando don Bernal, apremiado por la necesidad que el mundo tenía de su presencia y sin dar parte a persona alguna de su intención, y procurando que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de junio, a lomos de su rocín, provisionado con espada, y por la puerta falsa de un corral salió al campo, con grandísimo contento. Era don Bernal aventurero retirado, lo que quiere decir venido a menos. Más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, conservaba la arrogancia de sus buenos tiempos, en los que esforzado y resuelto, fue a América a ganar fama y dineros, y de allí volvió sin la una y sin los otros. De fuerte complexión y tirando a pelirrojo, añoraba sus tiempos de valiente. Conservaba aún la imprudencia que le hizo famoso entre sus viejos compañeros de armas. El campo que brillaba a la luz del amanecer, no será otro sino el llamado Campo de Montiel.

Al reír el día, el pastor Cardenio, orillas del Henares, empieza a apacentar sus ovejas antes de que el calor haga de las suyas. Es joven y sensible, con algunos visos de poeta, aficionado a leer novelas pastoriles y bucólicas. Así como églogas y silvas que tengan por protagonistas a bellas pastoras y ninfas de su río preferido, el Henares. Es gentil y goza de labia, sobre todo con las pastoras.

También al descubrirse el alba, el pícaro Lázaro, que ha pasado su vida merodeando por el río Tormes, decide abandonar su humilde choza y encaminarse a la Corte, donde toda picardía tiene su asiento y donde caben todos, desde el más avisado al más lerdo, y todos encuentran acomodo y asiento.

Antes del día, asimismo, la hechicera Urganda, pelirroja y de unos veinte años, acompañada de su inseparable urraca, sale de su casa a recorrer las calles de la corte, en busca de negocios, de ensalmos y de aventuras y, como no, de dineros que encerrar en su bolsa. También a emular a la vieja Celestina, cuyas tretas y tapujos se conoce bien. Es muy temprano y en Madrid, comienza a sentirse el calor.

Corren, dicen las crónicas, los últimos años del siglo XVI y comienzos del XVII, y nuestros cuatro protagonistas saben que la vida de aquella España está en el campo y en las estrechas calles de la Corte. ¿Qué será de ellos?

Autor: José Esteban

Es muy temprano en Madrid, pero Urganda, siempre madrugadora, ya lleva un rato en pie. Como todos los días al alba, su fiel urraca Elicia la ha despertado con pequeños graznidos e insistentes picoteos en el hombro.

Tras un desayuno de aguardiente y letuario, torreznos asados, pan y vino, compartidos con su leal y oscura picaza, la hechicera prepara a conciencia su zurrón, llenándolo de unturas, bálsamos, pomadas, velas de olor, sortilegios y hechizos de amor, que deberían de bastar para una larga jornada.

Con el estómago y el saco bien dispuestos, y vestida con sayuelo escotado y sin mangas, basquiña y camisa, manto corto negro de paterna de Cuenca y delantal; dispone sus pies cubiertos con usadas chinelas al frescor empedrado de la calle.

Pero, antes de encaminarse a la corte, en busca de los atestados puestos de comerciantes, Urganda se dirige con paso decidido a un arroyo cercano, donde al salir el sol acuden las mujeres del lugar a lavar la ropa.

Muchas, aquellas que ya la conocen, la observan desde el agua con miradas esquivas, algunas de reprobación y vergüenza; otras, de disimulada admiración.

La joven hechicera sabe bien, como le había inculcado su maestra, la vieja Cañizares, que un breve paseo por delante del lavadero, con su urraca posada en el hombro, es mensaje suficiente, así que se aleja hacia una arboleda apartada del camino, sentándose a esperar en un viejo tocón.

La espera no es larga, puesto que antes incluso de enarbolar y extender su parafernalia esotérica sobre la improvisada mesa de árbol muerto, ve aparecer entre los árboles a una tímida moza y, solo unos pasos detrás, como esperando turno, a una desgreñada anciana con ropas de labranza.

«Los lavaderos son siempre provechosos para el oficio» piensa la hechicera, mientras le hace un teatral gesto a su primera clienta del día para que se acerque sin miedo.

La moza tiene mal de amores, como todas las jóvenes, y la anciana, un fuerte dolor de huesos, como todas las viejas. Frasco de amor verdadero y conjuro de luna llena para la una, ungüento de hinojo y romero para la otra. Mientras, van llegando más, todas con problemas, dolores y supersticiones, todas anhelantes de esperanza, suerte, venganza o
perdón.

Urganda lo sabe, y les da siempre lo que quieren, algunas veces lo que necesitan, e incluso, de cuando en cuando, lo que les conviene.

Autor: Juan Coentrao

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Urganda, escondiendo su pelirrojo pelo bajo una capa y acompañada de su fiel urraca, se adentra en las calles de Madrid, siempre con ojo avizor, en busca de algún delicioso negocio. 

Autor: Raquel Sevillano

Bernal vino a hospedarse a la Posada del Diablo, mentidero de Alcalá, cercano a la puerta oeste de Madrid, de la muralla de la ciudad, lugar obligado de paso de la corte y, por estar en extramuros, alejado de los justicias de la universidad y de la ciudad.

La taberna de la posada era frecuentada por personajes de toda laya y condición, gentes de paso, cortesanos, truhanes, malandrines, buscadores de cualquier incauto al que sacar provecho…

Pasaba Bernal las horas muertas en la taberna de la posada esperando alguna señal que le condujera a nuevas aventuras.

Aburrido y barruntando que no iba a ganar nada quedándose en Alcalá, reparó en el personaje que acababa de entrar: huesudo, rayado de mil cicatrices, mirada retorcida, espada bastarda a un lado y daga árabe al otro. Todo él, con sus huesos y metales al cinto, sugería ser un fantasma guerrero.

El recién llegado oteó al personal de la taberna, se detuvo a la vista de Bernal y se acercó. Parecía que había encontrado lo que buscaba.

—Hay poco sitio para controlar lo que uno quiere, ¿me puedo sentar con vos? —dijo, y Bernal, sin musitar una palabra, asintió señalándole el taburete al lado—. ¿Sois de aquí?

—Más o menos, de aquí y de donde se me antoje. ¿Quién sois y qué buscáis? —le espetó Bernal.

—Me llamo Juan de Escritrece, y vos parecéis pasar el día en este mentidero, al tanto de todo lo que ocurre. Tal vez me podáis ayudar.

—Tal vez —respondió Bernal—. Estoy de paso y no hay zancada gratis. Si algo sé lo tendréis que pagar.

—Me parece justo. Todavía no me habéis dicho vuestro nombre.

—Bernal me llamo y con eso basta.

—Pues al asunto, soy un veterano mercenario que vengo de la corte de Lisboa buscando a mi Señor, don Antonio de Aquino, segoviano, capitán de nao de cualquier flota que surque los mares ajustando cuentas al turco o navegue a la conquista de nuevos territorios para la corona de España y Portugal. Necesito dar con él. Y no os dejéis engañar por mi aspecto, que he pintado mi mapa de cicatrices recorriendo el mundo a su servicio y he librado batalla en cada mar, en cada puerto y en muchos me he cobrado la mala paga de una herida.

—Vaya, pues pague una jarra de vino aguado para que brindemos por él y cuénteme para qué lo quiere encontrar.

—Le perdí la vista cuando defendíamos Macao del asedio de la Armada Holandesa, hazaña olvidada. Éramos ochenta hombres contra diecisiete barcos de guerra. D. Antonio mandaba al puñado de soldados que defendíamos la batería de Nuestra Señora de Guía. En medio del ataque y esnifando pólvora, que deja en el paladar un sabor pegajoso a muerte, me dijo muy quedo, pues siempre estaba a mi lado como un hermano:

—Juan, necesito que me hagas el servicio más peligroso que nunca te encargué.

—Ya estáis tardando, capitán.

—Lo sé, buen amigo. Tenéis que escapar del asedio y llegar a Beijing, el emperador Tianqi se encuentra en la capital imperial, en la ciudad prohibida de Beijing. Necesito que localicéis a la sobrina del eunuco Wei Zhongxian, el hombre que manda en el emperador. Ella se llama AiChun BaoFen, tenéis que entregarla una carta y ella sabrá qué hacer para llegar a él. Tomad un mapa de Beijing y la carta, y volved algún día a buscarme y a rendirme cuentas de la misión que te encomiendo.

»Me despedí de él con su abrazo paterno. Han pasado muchos años desde entonces y no pararé hasta que lo encuentre y le entregue la respuesta.

Bernal apuró el último trago de la jarra, miró fijamente a Juan, y cogiéndole del brazo le dijo: «Pues a qué esperamos, vayamos juntos a buscarle a Madrid. Me gusta la historia y quiero saber cómo acaba. Ya estaba aburrido de no hacer nada y presagio aventuras y amoríos…».

Autor: Tales de Minueto

A fe mía, que las andanzas y desventuras del joven Lázaro habían de hacer de él un joven recio, pues a pesar de las evidentes huellas del hambre y los infortunios, la necesidad y la desesperación habíanle curtido de forma inexorable. Apuntaba los quince, sin atisbo de esperanza en una vida dura ya desde el comienzo. La llegada a la Villa y Corte despertó en él las ansias de aventura, que nunca habían llegado a estar dormidas. La búsqueda de su tío Alonso, del que nada sabía desde hace años, consumiría sus horas, desvelaría su sueño; pero, experto en el arte de desenvolverse en los más dispares entuertos, no cejaría ni un segundo en su empeño. A fuer de ser sincero, un joven mozo que no levantaba más de siete palmos del suelo no parecía el candidato ideal para tamaña empresa.

Dirigió sus pasos por las lúgubres calles, infestadas de roedores y meretrices, gañanes y ganapanes, amparándose en la fría complicidad de las umbrías. Se sentía cómodo en esa atmósfera irrespirable, mezcla de humedad y desconsuelo.

―Maese, ¿podría decirme vuesa merced dónde se halla la venta del tuerto? ―preguntó Lázaro.

―No conozco ese lugar, pero quizás si os adentráis hacia el centro darán vuestros pasos con ella.

Lázaro se dirigió sin demora, como alma que lleva el diablo, con la disposición y entusiasmo de la juventud. Se concitaban en él una mezcla de curiosidad y osadía propias de la edad.

Sorteó la calle de los Desamparados para adentrarse en el callejón de los Ausentes, donde hacía meses había aparecido un marrano degollado a manos de Dios sabe quién.

Un par de caballeros con sus sombreros calados se protegían de los orines arrojados desde las ventanas.

La noche con su lúgubre encanto se apoderaba de las almas y encogía los sentimientos. El joven Lázaro prosiguió su camino…

Autor: Ignacio Ramirez Celaya

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