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El rapto de la Musa

Y así sobrevivió este hijo de marranos en la villa de cuarenta mil almas  famélicas que fuera la capital del reino en 1583. Taciturno y escurridizo,  deambulando siempre entre mentideros y tascas lúgubres, evitaba por costumbre callejuelas mal iluminadas y mesones muy alumbrados.

En este Madrid de mañanas de ayuno y tardes de sed, al rumor de tripas vacías,  envidaba al descuido a fin de templar el hambre con  frugal bocado de tocino rancio y empancinarse, de cuando en cuando, con media frasca de vino aguado.

A la sazón, todos los domingos de octubre encaminaba sus raídos zapatos a la taberna del asturiano, bordeando la enormidad del Monasterio de las Descalzas Reales donde, desde la llegada de María de Austria y por la gracia y boato de la archiduquesa, las sobras de sus banquetes procuraban buen apaño para los estómagos vacíos.

 Llegábase Lázaro a la hora del almuerzo a la concurrida taberna de la calle Tudescos; con la fortuna al punto de homenajearse una mojada de Tumbalobos, pagada por el despiste de un arriero soriano achispado y somnoliento. En estas encontrábase nuestro astuto pícaro, cuando percatose que asomaba del morral del yangüés un tomo de rica encuadernación de piel y dorados reflejos y, con la habilidad que otorga el hábito, hace suyo lo ajeno-con su siglo de indulgencia de guarnición-.

Al día siguiente Lázaro regresa a la taberna de Alonso Rodríguez, tal fuera el apaño entre ambos, a cobrarse el trueque del preciado tomo por colmada merienda de sopas de ajo. Siendo trile del azar, que quiso que se dieran casual cita aqueste singular reparto de personajes:

– La Galatea ha de titularse, Blas, y no se hable más.

 – Serena, Miguel, el ánimo que bien sabes que tu obra verá la luz pero precio y título hemos de discutir y acordar antes del alba.

Vocean y beben a la par el soldado escritor y su editor.

Mientras, un joven y apuesto Lope de Vega ronda en verso a la propietaria consorte de la taberna, doña Ana Franca de Rojas, que se ruboriza divertida. Don Miguel no les quita ojo…

Esa misma noche, al provecho del ausente marido, consumaban su velada amistad la de Rojas y el preso de Argel en la alcoba del infeliz cornudo Don Alonso, donde tropiézase el “manco” con el lucido diario de piel y filigranas de oro. Ojéalo con desdén don Miguel. Con pobre ortografía y peor caligrafía adivina a leer los primeros renglones: “De la desventura y ventura que me aconteciese en aquestos días asaz imprevisibles, por el presente quiero facer constar. Que al amparo de la noche partimos mi señor Don Manuel Quijano y servidor al horizonte de Montiel, en las más dignas monturas, equina y asnal para aqueste menester.

Tenga a bien Dios verme presto gobernador de mi ínsula y a mis hijos infantes.

Sancho, decimocuarto de los de abril de 1572.”

Joaquín Cartagena
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