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Los lacayos me husmean

Los lacayos me husmean con el desprecio de quien disfruta de sopa caliente. Mi mirada pendenciera no consigue arredrarles. Vengo a reparar algún alma descosida, a acallar llantos a destiempo de plañideras o a poner algún corazón a buen tiento. No puedo alentar mi ánimo curioso intuyendo lo que no me cuentan.

—Es menester que me dejéis entrar.

—Y ¿quién sois?

—Decid que ha llegado Urganda y bastará. Sed cauto y anunciadme con un susurro en el oído de don Mencío.

—Si conocéis su nombre, habéis sido procurada, mujer.

Urganda se aparta y a Lope se lo traga la umbría. El lacayo se ausenta y vuelve, el otro vigila.

—Entrad, que es cierto que os aguardan.

La guían recelosos hasta una alcoba rica. El único varón yace en el lecho.

—Hechicera —dice un hilo de voz humana mientras el ama le tiende una bolsa pesada, que aprisiona.

—Presta estoy a escuchar.

—No amo sin desespero.

—Decidme más, os lo ruego.

—El amor cáusame estragos, mi cabello cae, el tino pierdo.

—Y ¿podéis dejar de amar?

—No puedo.

—¿Quién es ella?

—Ella es una mujer extraña que vi una vez junto al arroyo. Era joven y lozana. Su cabello oro era.

Urganda se asegura de que la toca la cubre bien.

—Y ¿la visteis de cerca para percibir su aroma?

—Su aroma vino a mí como un encuentro de almas y el aire se volvió azul.

La bruja sospecha que se ha producido lo que le era esquivo hasta ese momento.

—Ayudaros no puedo. ¿Acaso no podéis ver?

—No, desde que la vislumbré a ella.

—¿Recordáis su aroma?

—Era un sueño.

—Y ¿cómo amáis una imagen que os emborrona el tiempo?

—Porque por ella, de mi corazón dejé de ser dueño.

—Permitidme.

Don Mencío se aparta las vestimentas. Urganda llega con su mano hasta el lugar que debería latir cuando hay vida.

—No tiembla vuestro pecho.

—No temo a los hombres, pero he de ser cauta y velar por mi juventud o volverían a mí todos los años que tengo.

—No hay cura para esto. Debo irme.

Urganda deja la estancia y a sus moradores.  No puede ser, la tía abuela Claudina la había prevenido.

—Niña, el amor nos está vetado. Si le prestaras cuidado, todo estaría perdido.

Pero aquel hombre doliente entre sábanas de lino le había parecido hermoso. Su cabello bermejo era como el fuego, su adorado compañero.

Esther Arencibia Urién
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