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Quimera

Narrativa

Miguel seguía con la obsesión que tenía desde la niñez incrustada en el cerebro, como el clavo oxidado de donde pendían las notas en la pared del sótano de su taller de carpintería.

Pensó que había llegado la hora, después de enterrar a tía Hermenegilda, monja de las Clarisas, por quien sentía ferviente admiración.

Vivía con su mujer y sus dos hijos en una casa de piedras gruesas, que la resguardaba del invierno y le refrescaba en los veranos.

Cada domingo acudían a misa. Su mujer observaba cómo desde el entierro de su tía, Miguel miraba con éxtasis a las monjas de clausura que se vislumbraban a través de la celosía detrás del altar.

Un domingo, el párroco le suplicó a Miguel ayuda para unos arreglos. Creía que la carcoma había entrado en su iglesia, ya que en las tallas del altar mayor había unos diminutos agujeros que imitaban al encaje de los paños que hacían las monjas.

Miguel aceptó. Cauteloso en los comienzos, con maña y labia, fue adentrándose en las tripas del convento. Actuó con recato. Sabía que si se enteraban de su hurto, como mínimo le esperaría la hoguera y la condena eterna.

Poco a poco y por partes, fue sacándolo entre el fardo de las herramientas. Cuando lo tuvo todo, lo escondió en su taller. Después, terminó el trabajo de la iglesia dejándolo en orden antes de partir.

Una fría noche, mientras su familia dormía, bajó las escaleras redondeadas de piedra hasta el sótano. Cerró el portón, sin echar la llave.

Sacó el fardo y lo desató con manos sudorosas y ávidas.

—¡Majestuoso! —pronunció al verlo extendido.

Se quitó sus ropajes ajados y cerró los ojos. A tientas se recreó en el momento sintiendo el hábito de lana áspera recorrer su cuerpo. Se colocó el escapulario con su capuchón. Con los dedos, escondió el cabello espeso y rizado que sobresalía, dejando su cara saliente como si fuese un cuenco. Encima, la toca; luego se anudó el cordón a su cintura.

Con fervor y recogimiento, cogió de la estantería el frasco de disolvente.

Se arrodilló y juntando sus manos, abrazó el vidrio y agachó la cabeza.

—¡Señor, perdóname por vivir esta quimera! Ya que no me necesitan, ¡he aquí a tu esclava y sierva!

Inclinó el frasco hacia su boca y bebió sin mueca.

—¡Hágase tu voluntad!

Rosario Serra López
2 Comentarios
  • Gema Gallardo

    Siempre he pensado que hay más locura en los autores que en sus propios personajes… Muy bien contextualizado y retratado!

    28 julio, 2017 a 12:45 pm Responder
    • Rosario Serra López

      Cierto, un escritor que no escribe es un monstruo cortejando a la locura, dijo Franz Kafka.

      28 agosto, 2017 a 2:23 pm Responder

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