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Lázaro llega a la Venta del Tuerto

Narrativa

Lázaro avanzaba sin norte por el tortuoso laberinto de callejas y travesías que formaban el corazón de la vieja ciudad. Sobre el resbaladizo empedrado caían difusas manchas de luz. En una de ellas se detuvo un gato negro. Al presentir la llegada del pícaro, el animal se escurrió hacia la esquina de la calle, desde donde giró la cabeza para mirar con sus ojos verdes al andrajoso transeúnte que, a falta de mejor compañía, decidió seguir aquella sombra negra en medio de la oscuridad.

Cada vez que Lázaro se acercaba, el gato parecía emprender la huida, pero, al poco, paraba y volvía la vista a aquel humano aparentemente dispuesto a participar en su juego. Era tanta la penumbra, y tan pocas las candelas y ventanas encendidas que, en ocasiones, solo el verde de los ojos del gato permitía a Lázaro saber dónde se encontraba el animal. Así callejearon no se sabe cuánto tiempo hasta que, de repente, el gato se deslizó dentro de una grieta abierta al pie de un muro ruinoso, malamente iluminado por un farolillo colocado a la altura de un letrero en el que se acertaba a leer: Venta del Tuerto.

Ese diablillo de ojos verdes había conducido a Lázaro a su destino. El pícaro abrió la puerta del tugurio y enseguida sintió en su cara la bofetada de una ola de calor, aire viciado y tufo a vino peleón. Nuestro héroe recorrió la espeluznante escena con una ágil ojeada: en unas mesas algunos parroquianos dormían la resaca de un día entero de embriaguez; en unos escaños de madera hablaban confidencialmente unos hombres en actitud que al pícaro le pareció poco menos que clandestina; al fondo, en un rincón, tres jóvenes cortejaban a la camarera con maneras impropias del amor cortés; en otras mesas unos jugaban a los naipes y otros al ajedrez.

Lázaro se acercó a los jugadores. Era diestro en toda clase de juegos y entretenimientos, porque muchas veces en el pasado le habían servido para ganar unas monedas, un trago de vino, un mendrugo de pan ácimo e incluso la comida del día. Para alegría de Lázaro en la venta del tuerto se jugaba y se apostaba. Había encontrado una oportunidad para soñar con llevarse algo a la boca aquella noche de humedad, laberintos y escurridizos diablos de ojos verdes.

Carlos Rodriguez Martín
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