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La decisión de Lázaro

Narrativa

Lázaro era hombre de prontos. Sabía, por ello, que no debería permitirse el lujo de detenerse a pensar la decisión que había tomado, y que el platillo le había enseñado en imagen, una visión bella donde Lázaro se veía más entrado en carnes, menos renegrido, incluso rubicundo, como hombre de ciertos posibles y que había medrado. Y eso sólo podía hacerse en la Corte donde las cosas se movían, no paraban nunca, al modo del reloj de arena que había contemplado una vez en el dormitorio del tío Pedro, donde entró por mera curiosidad.

Sabía, por ello mismo, que tenía que ir a las caballerizas, recoger el hatillo y largarse a paso rápido, como los pájaros de pata pronta, que corrían como si se deslizaran cuando el Tormes estaba helado,algo frecuente en los últimos años, y no despedirse del tío Pedro, de la tía Amparo, que haciendo honor a su nombre le había cubierto de mimos, y sobre todo de la niña, sobre todo de Gumersinda, que aflojaba el semblante duro cada vez que le veía y abría, milagro, los ojos, cejijunta ella, haciendo que su rostro se hiciera amable, luminoso, menos adusto, de tal manera que parecía que tenía las cejas separadas, como una noble.

Escupió en el hocico al perro que dormitaba en la puerta de la caballeriza mientras se hacía cábalas sobre donde iba a pasar la noche. Poco importaba, la verdad, porque nunca faltaría suelo siempre que no lloviese o nevase, que no parecía el caso en el día de hoy, porque Lázaro temía más a los hombres que a la naturaleza y prefería dormir al llano que mendigar algún techo por favores que solían ser turbios, nefandos muchas veces, aunque en esto siempre imperaba siempre la ley del silencio.

Le llevó poco tiempo hacer el petate. El sol entraba por la puerta del zaguán, por lo que a Lázaro le costó trabajo distinguir la silueta, menuda, que se le acercaba. No tardó mucho en saber que era Gumersinda. La manera de llevarse la mano a la cara la delató. Lázaro, quizá por primera vez en su vida, se avergonzó de no haber querido despedirse de ella, pero reconoció que le dolía tanto que prefería le tomaran por prófugo y desagradecido. Gumersinda llevaba un hatillo donde se dejaba ver un queso y un trozo de pan. Lloraba muda mientras le tendía el paquete y murmuró:

-Te esperaré el tiempo que haga falta. Se que volverás algún día por mí- decía como en trance, lo que dio  Lázaro a suponer que Gumersinda estaba recitando algún trozo del Palmerín.

Patricio Del Dongo
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