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En la posada del tío Pedro

Narrativa

-Como panza de burro- se repitió y enfiló hacia la catedral donde en la posada del tío Pedro solía dormir al calor de las bestias de las cuadras. Por eso olía siempre a caballo, a su sudor avinagrado y fuerte y razón por la que había perdido muchos cuartos porque, cuando mendigaba, las viejas que subían hacia la catedral miraban hacia otro lado, como dándose aires de hacer ascos que parecía manía de Corte. Enfiló deprisa porque al beber de la escudilla había tenido una visión. Al socaire de la sopa clara, cuando se le representó el rostro y se vio cómo era, al mismo tiempo había otro Lázaro, más orondo, incluso más flojo de carnes, lo que era buena señal, con ojos que parecían de persona flamenca, de Malinas o de Gante, chulos pero elegantes y, sobre todo, de posibles, siempre con los cuartos colgando de la bolsa. Otro Lázaro que le miraba desde detrás, desde el futuro, desde lejos del Tormes y que a Lázaro se le antojó estaba mirándole desde la capital.

No tardó en decidirse un instante. Se iría a Madrid y, al modo de los pájaros cuando caminaban por el suelo, daba trompicones de largo alcance hasta que llegó a la posada, donde el tío Pedro le guardaba las pocas pertenencias que tenía, las mismas con las que se presentó a la posada dos años antes, cuando estuvo a punto de ser atravesado como pollo por un caballero que se tocaba con un sombrero verde y que , borracho, le había perseguido por toda la Plaza Mayor con el estoque desenvainado. El tío Pedro se encaró con el majadero del sombrero que, sorprendentemente, envainó a la mínima insinuación, poniendo pies en polvorosa por la arcada que llevaba a extramuros, hacia el Tormes.

En la posada, que a esas horas semejaba dorada porque el sol cegaba la entrada, la única concesión se diría divina a la mugre siempre reinante, le esperaba Gumersinda, la hija del posadero, una moza de doce o trece años, que fregaba los baldosines rotos del suelo y ponía las jarras de vino en orden a la espera de que se llenase de estudiantes. Expectante, Gumersinda veía en Lázaro, con sus dientes cariados y su condición por siempre flaca, la vívida imagen del niño Palmerín, cuyas aventuras la tía Amparo solía leerle todas las noches, a la luz del candil medio escondido para que el tío Pedro no notase la luz y la acusase de gastona.

Agesilaus Santander
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