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El pícaro Lázaro busca la venta del tuerto

Narrativa

A fe mía, que las andanzas y desventuras del joven Lázaro habían de hacer de él un joven recio, pues a pesar de las evidentes huellas del hambre y los infortunios, la necesidad y la desesperación habíanle curtido de forma inexorable.

Apuntaba los quince, sin atisbo de esperanza en una vida dura ya desde el comienzo.

La llegada a la Villa y Corte despertó en él las ansias de aventura, que nunca habían llegado a estar dormidas.

La búsqueda de su tío Alonso, del que nada sabía desde hace años, consumiría sus horas, desvelaría su sueño; pero, experto en el arte de desenvolverse en los más dispares entuertos, no cejaría ni un segundo en su empeño. A fuer de ser sincero, un joven mozo que no levantaba más de siete palmos del suelo no parecía el candidato ideal para tamaña empresa.

Dirigió sus pasos por las lúgubres calles, infestadas de roedores y meretrices, gañanes y ganapanes, amparándose en la fría complicidad de las umbrías. Se sentía cómodo en esa atmósfera irrespirable, mezcla de humedad y desconsuelo.

―Maese, ¿podría decirme vuesa merced dónde se halla la venta del tuerto? ―preguntó Lázaro.

―No conozco ese lugar, pero quizás si os adentráis hacia el centro darán vuestros pasos con ella.

Lázaro se dirigió sin demora, como alma que lleva el diablo, con la disposición y entusiasmo de la juventud. Se concitaban en él una mezcla de curiosidad y osadía propias de la edad.

Sorteó la calle de los Desamparados para adentrarse en el callejón de los Ausentes, donde hacía meses había aparecido un marrano degollado a manos de Dios sabe quién.

Un par de caballeros con sus sombreros calados se protegían de los orines arrojados desde las ventanas.

La noche con su lúgubre encanto se apoderaba de las almas y encogía los sentimientos.

Ignacio Ramirez Celaya
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