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Urganda y las lavanderas

Narrativa

Es muy temprano en Madrid, pero Urganda, siempre madrugadora, ya lleva un rato en pie. Como todos los días al alba, su fiel urraca Elicia la ha despertado con pequeños graznidos e insistentes picoteos en el hombro.

Tras un desayuno de aguardiente y letuario, torreznos asados, pan y vino, compartidos con su leal y oscura picaza, la hechicera prepara a conciencia su zurrón, llenándolo de unturas, bálsamos, pomadas, velas de olor, sortilegios y hechizos de amor, que deberían de bastar para una larga jornada.

Con el estómago y el saco bien dispuestos, y vestida con sayuelo escotado y sin mangas, basquiña y camisa, manto corto negro de paterna de Cuenca y delantal; dispone sus pies cubiertos con usadas chinelas al frescor empedrado de la calle.

Pero, antes de encaminarse a la corte, en busca de los atestados puestos de comerciantes, Urganda se dirige con paso decidido a un arroyo cercano, donde al salir el sol acuden las mujeres del lugar a lavar la ropa.

Muchas, aquellas que ya la conocen, la observan desde el agua con miradas esquivas, algunas de reprobación y vergüenza; otras, de disimulada admiración.

La joven hechicera sabe bien, como le había inculcado su maestra, la vieja Cañizares, que un breve paseo por delante del lavadero, con su urraca posada en el hombro, es mensaje suficiente, así que se aleja hacia una arboleda apartada del camino, sentándose a esperar en un viejo tocón.

La espera no es larga, puesto que antes incluso de enarbolar y extender su parafernalia esotérica sobre la improvisada mesa de árbol muerto, ve aparecer entre los árboles a una tímida moza y, solo unos pasos detrás, como esperando turno, a una desgreñada anciana con ropas de labranza.

­«Los lavaderos son siempre provechosos para el oficio» piensa la hechicera, mientras le hace un teatral gesto a su primera clienta del día para que se acerque sin miedo.

La moza tiene mal de amores, como todas las jóvenes, y la anciana, un fuerte dolor de huesos, como todas las viejas. Frasco de amor verdadero y conjuro de luna llena para la una, ungüento de hinojo y romero para la otra. Mientras, van llegando más, todas con problemas, dolores y supersticiones, todas anhelantes de esperanza, suerte, venganza o perdón.

Urganda lo sabe, y les da siempre lo que quieren, algunas veces lo que necesitan, e incluso, de cuando en cuando, lo que les conviene.

Juan Coentrao Ley
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