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Bernal en la Posada del Diablo

Narrativa

Bernal vino a hospedarse a la Posada del Diablo, mentidero de Alcalá, cercano a la puerta oeste de la muralla de la ciudad, llamada de Madrid, lugar obligado de paso a la corte y, por estar en extramuros, alejado de los justicias de la universidad y de la ciudad.

La taberna de la posada era frecuentada por personajes de toda laya y condición, gentes de paso, cortesanos, truhanes, malandrines, buscadores de cualquier incauto al que sacar provecho…

Pasaba Bernal las horas muertas en la taberna de la posada esperando alguna señal que le condujera a nuevas aventuras.

Aburrido y barruntando que no iba a ganar nada quedándose en Alcalá, reparó en el personaje que acababa de entrar: huesudo, rayado de mil cicatrices, mirada retorcida, espada bastarda a un lado y daga árabe al otro. Todo él, con sus huesos y metales al cinto, sugería ser un fantasma guerrero.

El recién llegado oteó al personal de la taberna, se detuvo a la vista de Bernal y se acercó. Parecía que había encontrado lo que buscaba.

—Hay poco sitio para controlar lo que uno quiere, ¿me puedo sentar con vos? —dijo, y Bernal, sin musitar una palabra, asintió señalándole el taburete al lado—. ¿Sois de aquí?

—Más o menos, de aquí y de donde se me antoje. ¿Quién sois y qué buscáis? —le espetó Bernal.

—Me llamo Juan de Escritrece, y vos parecéis pasar el día en este mentidero, al tanto de todo lo que ocurre. Tal vez me podáis ayudar.

—Tal vez —respondió Bernal—. Estoy de paso y no hay zancada gratis. Si algo sé lo tendréis que pagar.

—Me parece justo. Todavía no me habéis dicho vuestro nombre.

—Bernal me llamo y con eso basta.

—Pues al asunto, soy un veterano mercenario que vengo de la corte de Lisboa buscando a mi Señor, don Antonio de Aquino, segoviano, capitán de nao de cualquier flota que surque los mares ajustando cuentas al turco o navegue a la conquista de nuevos territorios para la corona de España y Portugal. Necesito dar con él. Y no os dejéis engañar por mi aspecto, que he pintado mi mapa de cicatrices recorriendo el mundo a su servicio y he librado batalla en cada mar, en cada puerto y en muchos me he cobrado la mala paga de una herida.

—Vaya, pues pague una jarra de vino aguado para que brindemos por él y cuénteme para qué lo quiere encontrar.

—Le perdí la vista cuando defendíamos Macao del asedio de la Armada Holandesa, hazaña olvidada. Éramos ochenta hombres contra diecisiete barcos de guerra. D. Antonio mandaba al puñado de soldados que defendíamos la batería de Nuestra Señora de Guía. En medio del ataque y esnifando pólvora, que deja en el paladar un sabor pegajoso a muerte, me dijo muy quedo, pues siempre estaba a mi lado como un hermano:

—Juan, necesito que me hagas el servicio más peligroso que nunca te encargué.

—Ya estáis tardando, capitán.

—Lo sé, buen amigo. Tenéis que escapar del asedio y llegar a Beijing, el emperador Tianqi se encuentra en la capital imperial, en la ciudad prohibida de Beijing. Necesito que localicéis a la sobrina del eunuco Wei Zhongxian, el hombre que manda en el emperador. Ella se llama AiChun BaoFen, tenéis que entregarla una carta y ella sabrá qué hacer para llegar a él. Tomad un mapa de Beijing y la carta, y volved algún día a buscarme y a rendirme cuentas de la misión que te encomiendo.

»Me despedí de él con su abrazo paterno. Han pasado muchos años desde entonces y no pararé hasta que lo encuentre y le entregue la respuesta.

Bernal apuró el último trago de la jarra, miró fijamente a Juan, y cogiéndole del brazo le dijo: «Pues a qué esperamos, vayamos juntos a buscarle a Madrid. Me gusta la historia y quiero saber cómo acaba. Ya estaba aburrido de no hacer nada y presagio aventuras y amoríos…».

Jesús Juan Ciro Martín Sanz
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